5.19.2012

Río marron

El horizonte esta cerrado. Se lo ve implacablemente gris, recto y sin fisuras. El viento gélido de tierra se lleva todo hacia allí. Los Sauces lloran de frío y la tosca está desnuda, impúdica. Más lejos, las gaviotas le susurran al río arrugado sus secretos.

Es el País de la Realidad. Por inhóspito que lo veamos debemos saber que detrás del cielo encapotado está el sol. Por punzante y cruel que sea el dolor, pasará. Si lo superamos, se hará la luz. Y los destellos de mil diamantes nos mostraran su presencia.

Huyendo al País de la Fantasía, el río se ve celeste y quieto, ocultando así su esencia marrón. Es el reflejo del cielo: infinito, nítido y sin estructuras, donde no hay ni miedos ni muerte, sólo amor.

Pero el río no es celeste, es marrón.



atormentarse o capear el temporal



No creo que valga la pena atormentarse. Pienso que la única manera de superar los temores es siendo sincero con uno mismo.

Si no buscamos esa "felicidad" total, la mágica solución o el famoso futuro ideal de la sociedad de consumo. Si en vez de eso disfrutamos de las pequeñas cosas, en contacto con los demás, probablemente podamos vivir más plenamente. Sin buscar la cuadratura del círculo.

Quiero navegar por las aguas de la vida, timoneando con la razón, sintiendo de donde viene el viento y resguardándome de las tormentas. Si me toma alguna por sorpresa, habrá que capear el temporal.


Piedras de la Plaza Roja




Una vez que llegamos al hotel, tenía cena libre, o sea no programada por el tour. Tuve ganas de ir caminando a la Plaza Roja. Me puse todo lo más abrigado que tenia y encima el impermeable, con el paraguas y la cámara de fotos partí raudamente del hotel.

Al llegar a las piedras de la Plaza Roja sentí que no las podía pisar. ¡Me infundieron tal respeto! Daba mis pasos apoyando los pies suavemente como para no marcarlas, para que sigan guardando todos sus recuerdos. Estaba lloviznando, y esa agua me pareció que era la misma que cayo desde el siglo XV, limpiándola, apagando algún incendio, cuando las construcciones del mercado eran de madera. El tamaño de la plaza me sobrecogió, estaba ni más ni menos que en el centro histórico de Rusia. Y me era completamente ajena… Se suponía que iba a encontrarme con mis raíces, que iba a sentir el amor que me transmitieron mis abuelos por ese país tan grande. Ahí estaba yo, tan pequeña, mojada y temblorosa.

Me empecé a imaginar: desfiles oficiales de los Zares y del Comunismo. También pude adivinar las vidas de gente común, comerciantes en la Edad Media, en construcciones de madera y persecuciones de todas las épocas. Sobre esas piedras corrió sangre de las ejecuciones públicas, se festejo el Día de la Victoria y hasta aterrizo una avioneta particular alemana, todavía durante la Guerra Fria.

De un lado admiré la gruesa muralla del Kremlin, centro del poder, con las tumbas de figuras conocidas y el Mausoleo de Lenin. En frente, ajena a toda solemnidad, la fachada barroca del complejo comercial GUM estaba iluminada como un arbolito de Navidad.

Veía a lo lejos todos los colores que la imaginación pudiera concebir en el telón de fondo, la Catedral de San Basilio. Grandes adoquines, con gente que la atravesaba apurada, sin levantar la vista, en medio de turistas que como yo estábamos aturdidos por su magia nocturna. Escuchando atentamente a esas piedras empecé a oír la música de Annie Lenox: Here comes the rain again.

Cuando iba por la mitad del recorrido hacia la Catedral me pareció que la comba que formaba el piso debajo de mis pies se había enderezado. No me había dado cuenta de que había empezado a caminar más rápido, con paso más seguro. Alguien dentro de mí estaba explicándome todo eso que no sabia. Estaba todo bien guardado bajo la durísima superficie para que quede ahí para siempre, pero prestando atención lo percibí. Como si una mano desconocida hubiera tomado la mía, en un primer instante aterrada no sabia si tomarla, y más tarde, como la reconocí, me aferré a ella para no perderla. Era la mano mas esperada, lo mismo que esa voz cálida que me hablaba suavemente. Era mi otra parte, la que encontré, y me empezó a dar confianza, esperanza, fe, fuerza. Esa parte que paso de ser desconocida a ser eso que veía y sentía, me aceptaba y me quería.

Ahí ví todo junto. Y tuve una sensación de optimismo. En esa plaza como en Rusia, la convivencia de todos los periodos de su historia la hacen fuerte y noble y a la vez nostálgica. Este país tiene una característica muy particular, es tan resistente que yo diría invencible, como esas piedras.

Datos:

Tamaño: 695 m de longitud y 130 m de ancho.

Nombre: La Plaza Roja fue fundada a los finales del siglo 15 por la orden de Iván III para derribar las construcciones de madera en torno del Kremlin y evitar los incendios. Así bajo el muro oeste se establició el mercado. Primeramente este lugar se llamaba la Plaza Torgovaya (de Comercio), despues obtuvo el nombre la Plaza de Trinidad, porque en su parte sureńa erigieron la Iglesia de Santísima Trinidad. Su nombre actual la plaza obtuvo en el siglo 17. Este es: Krasnaya Ploshad que significa Plaza Bella en ruso antiguo, porque Krasnaya es Roja/Bella.

GUM: Originalmente era el Mercado Central. Es uno de los centros comerciales mas grandes de Rusia. Se abrió el 2 de diciembre de 1893. Es un edificio de 3 largos pasillos, cada uno de ellos de 3 pisos que se extiende a lo largo de la Plaza Roja. Más de 160 tiendas se ubicaban aqui antes de la revolución del año 1917. Hasta el año1921 aqui se encontraban diferentes organizaciones estatales. Después de una total reconstruccion en el año 1953 se vuelve a abrir como centro comercial.

Cementerio: En la pared del Kremlin descansan los restos de: John Reed ( el que escribió Diez días que conmovieron al mundo), Yuri Gagarin (astronauta), Máximo Gorki, Alexis Kosiguin, Andropov, Chernenko, Félix Dzerjinski (el fundador de los servicios secretos), Stalin.

Pais del Parkinson (cap. 1 El Cuerpo no Calla)

Conducía mi auto como en medio de un rebaño de ovejas, cuando los demás automóviles paraban, yo también; si aceleraban, hacía lo mismo. Tan ensimismada iba en medio del tráfico, que no tenía bien en claro a dónde me dirigía. Seguía la corriente, como en piloto automático.
No podía evitar sentirme igual a mi abuela. Había visto desde cerca cómo era eso de vivir en un país ajeno. En el mío (antes de la enfermedad) dos más dos era igual a cuatro. Una vez expulsada de ahí sentía que todo podía suceder.
Estaba marginada, por enferma, del mundo de los sanos.
Con el diagnóstico que recibí a mis treinta y cinco años me vi expulsada de mi sueño. Quedé aislada, sola en medio de todos. Me rodeaba un cerco infranqueable que no sólo yo no podía atravesar hacia fuera, sino que tampoco lo podían cruzar los demás. Así, siendo muy joven aún, no tenía más remedio que aguantarme y ser para siempre “la diferente”.
Un semáforo en rojo me hizo detener delante de una publicidad. Una foto gigante de una jovencita sugerentemente recostada, vestía botas y un abrigo de cuero. No me molesté en averiguar qué promocionaba, me daba igual si era shampoo o ropa. Sólo veía esa perfección tan vacía.
Recordé que años atrás bien había podido ser modelo. Mis movimientos felinos eran entre perezosos y etéreos. Con toda naturalidad podía hacerme dueña del aire que me rodeaba haciéndolo formar suaves remolinos detrás de mí. Mi cuerpo era de líneas largas y mi aspecto agraciado.
Eso, mi gracia natural, nadie sabía con certeza en qué momento se había desactivado, simplemente me transformé en otra persona, una extraña. Así me sentí cuando empecé a notar el desfase entre mi entorno y yo.
Mis movimientos se tornaron rígidos, mis pasos dubitativos, con la inseguridad que genera un terreno desconocido. Intentaba que mis gestos toscos pasaran desapercibidos, así no se notaría de dónde venía. Mi mayor deseo era parecer nativa, como todos los demás, no extranjera.
Así me sentía, una extranjera en mi cuerpo, portando mi nueva nacionalidad a cuestas: Parkinson.
Crucé las vías del tren recordando que iba a buscar a mis hijos a la salida de la escuela. Me toqué el cuello con la mano izquierda porque tenía una fuerte contractura y sentí como si alguien me tocara con un guante. De inmediato seguí probando, quería ver cuál era la parte insensible, la yema de los dedos o el cuello. Me toqué el antebrazo derecho y comprobé que los dedos de la mano izquierda estaban fríos.
En el país del Parkinson la realidad era distinta a la que estaba habituada. Confiaba mucho en mi olfato y ahora era como si estuviera adentro de un envase plástico con olor rancio; no sé bien si era plástico o medicamento, pero todo olía a eso. Incluso sabía a eso. Todo: el agua, el aire, mi boca…
Venía pensando en que fui expulsada de mi realidad anterior, y condenada para siempre a la enfermedad. Estacioné delante del portón metálico, frente al cual ya había algunas madres. Para abrir la puerta del auto usé la mano derecha, con lo que recordé que debía haber tomado mi dosis de remedios correspondiente a la tarde.
La conversación de esas mujeres me pareció superficial. Nadie tenía la culpa, ni de que los demás se hubieran quedado en su país ni de que yo me sintiera exiliada.
Me sentía así porque el idioma de mi cuerpo era otro y también por la baja autoestima, la angustia y la ansiedad, propias del cuadro de la enfermedad.
Esto dificultaba mucho mi relación con los demás. Notaba cómo se les transformaban las caras a mis interlocutores por el horror de ver irremediablemente que se venía un cuento de mi país, del que nadie quería saber nada. A menos que fuese algo bueno, divertido, gracioso, algo que se pudiera comprar o conseguir, algo que les hiciera pasar el rato y no sufrir. No, definitivamente a nadie, por más voluntad que pusiera, le gustaba escuchar de mi país, tan insignificante.
O al menos eso era lo que yo sentía. Simplemente no me podían entender, si no les pasaba lo mismo que a mí.
Hablando con mis compatriotas, otros enfermos de lo mismo que yo, me sentí por fin como en casa. Pude compartir la nostalgia del exilio y las dificultades de adaptación a todo lo nuevo. Empecé a entender por qué siempre se agrupaban las comunidades extranjeras en otros países.
Sonó el largo timbre tan esperado por los chicos anunciando el fin del día escolar. Mientras esperaba parada sentí que el piso se movía. En el esfuerzo por que no se notara, me quedé sola. Abrieron el portón dos maestras que fueron llamando por megáfono a todos. Cuando escuché:
—Pool setenta.
Era el mío. Giré la cabeza para mirar hacia el patio y mi visión siguió girando, perdí el equilibrio y por suerte estaba cerca de la pared porque evité la caída chocando contra ella. Noté que sólo se había dado cuenta la maestra de primaria, que me conocía, y me preguntó:
—¿Estás bien?
Sabiendo que tenía los ojos rojizos por el cansancio debido a dormir poco, no quise mirarla, no atiné a decir otra cosa que:
—Sí.

Algarrobo




Tu sombra en este tórrido clima cordobés de Traslasierra es una auténtica bendición. Generoso me ofreces fresco refugio cantándome suavemente al oído. Mientras la brisa seca me acaricia.
Yo sé que debiste buscar con mucho esfuerzo el néctar de la vida. Ese tan escaso por aquí. Pero con tu sabiduría has podido encontrar algún arroyo subterráneo. Uno de esos que surgen cuando llueve en la Pampa de Achala. Corren en parte bajo la superficie y en parte saltando por las piedras redondeadas.
Tus hojas pequeñas y tus espinas evitan que pierdas eso que tanto te costó conseguir. Y tus ramas en ángulos rectos me enseñan a elegir el camino.
Todos por igual llegan a la luz. La misma que también cada uno de nosotros necesitamos en forma de calor.
Tus brotes no se abren fruto de la mediocridad. No se quedan en las medias tintas, no. Si reciben el néctar de la vida y son abonados de luz, estallan de amor.
Eso para mí hoy es un descubrimiento. Para el que vivió en este rancho a tus pies era lógica pura: del agua y la luz brota el amor. Detrás de estas pircas, antes de la llegada del huinca esto era lo que importaba. El dueño original de estas tierras era como tú. Sabía que el amor verdadero era entregado por entero, sin especulaciones.
Él volvía al rancho y entregaba a los suyos lo que tenía. Se entregaba. Había aprendido de ti, Algarrobo, que brotabas del agua y la luz. ¡Qué poco necesitaba! ¿Cómo es posible que lo hayan desterrado, al antiguo dueño de las flechas?
A tu lado me siento como una cautiva, que al haber aprendido esto, en cuerpo y alma, ya no puede volver atrás.
Quiero quedarme aquí. Si vienen a buscarme responderé sin dudar:
- ¡Fuera huinca!

Gracias Algarrobo, por ayudarme a encontrar mi escencia.

LA BALSA


La balsa derivaba. Todo era sol, agua, piel reseca y tiempo... Sentía las horas pasar y el aire correr. Tenía provisiones para una semana. Ya vendría alguien a rescatarlo, pero no se había cruzado con ningún barco. Despertó, el mar era un espejo infinito. No había más viento pero abajo el agua jamás estaba quieta. Es extraño, pensó, creí que la pasión estaba en las tormentas. Que las emociones tenían una fuerza descontrolada. Sin embargo esos tres días, luego del incendio de su barco, y la desaparición de Jorge, todo estaba cada vez más estático. También su alma. Se abría en cada amanecer, olía a sol al mediodía, estallaba en cada atardecer y se multiplicaba con las estrellas. Pero con una explosión silenciosa, como la de la revelación del destino. Se había abierto. Se había despojado de las ataduras. No podía perder nada más. Sólo él quedaba. Sabía que moriría. Si eso debía ocurrir pronto o dentro de un tiempo era lo mismo. Lo único que lo mantenía ocupado era mirar la superficie del agua. Parecía no tener fin. Pero debía haber orillas en alguna parte. Esa frontera, donde el mar deja de ser mar y la tierra todavía no es tierra. Ahí quería llegar. Entendió el secreto que guardaba toda esa agua. Antes estaba frente al mar. Luego se animó a entrar en él. Ahora ya estaba listo para volver.

AGUA VIVA

Esta tarde, sentada bajo unas ramas frescas, levanto la vista de mi papel y veo a la hormiga llevar una hoja en su espalda. Es mucho más grande que ella pero avanza temblorosa. Comienza a cruzar un sendero. Se aproximan tres niños en bicicleta. Me pregunto ¿por qué las cosas, un instante antes de suceder, parecen haber sucedido? Espero sin respirar. Mi mente se abre con el sol de otro tiempo. Otro sol, el único. Hoy es nuevo para mí y lo fue para el gallo que le cantó desde el Arca. El viento se va a buscar el límite y vuelve en la rueda sin encontrarlo. Ahora el agua que es la misma del Diluvio se despereza en la playa. Entonces escribo. Cuando se relajan las palabras me da miedo. Las leo para leerme y descubro el agua viva que nada por mi océano, contrae su gelatina y se expande invisible. Mi cuerpo es el mismo que cabía en un brazo. El que tuvo frío y calor tantas veces. Inspiro profundo y siento fluir el aire y el agua de siempre. Lo que es nuevo es el instante. El milagro. Los chillidos pasan pedaleando Y la hoja sigue avanzando tambaleándose sin descanso.

ROSAS BLANCAS



Estas flores son para vos, le dijo una sonrisa, que parecía pedir o esperar en lugar de ofrecer. No sabía quién se las regalaba porque la tarjeta estaba en blanco. En un intento por entender, hundió su cara entre ellas y nadó por un delicioso perfume a vida fresca. ¡Eran tan frágiles esas rosas pálidas! Pero el efecto que produjeron en el corazón de Luz fue poderoso. Ese regalo anónimo cortó en mil pedazos la soledad monótona despertando la sed que ya ni recordaba. Las acomodó en un jarro de boca ancha. Radiantes bajo la ventana, las admiraba. Pero en seguida, unas arrugas finitas comenzaron a consumir al ramo. Se esfumaba la suavidad dejando lugar a la aspereza y la blancura perdía brillo, tiñéndose de óxido. Se dejaron secar, era imperdonable, porque Luz cambiaba el agua del florero todos los días, cortaba las puntas de los tallos y les quitó las hojas. Un pimpollo también se marchitó sin siquiera abrir un poco sus pétalos. Ella no lo toleraba. Conocía algunas que a la semana estaban en su máximo esplendor, en cambio éstas al tercer día colgaban encorvadas en su derrota, sin rastros de aroma. Las manos envejecidas de Luz tomaron los tallos que ya no tenían más pétalos, y los partió, uno por uno, antes de arrojarlos a la basura. Las espinas se le clavaron sin pestañear en la carne del alma.

7.28.2011

Mi nuevo blog

Marina Lassen se llama mi nuevo blog, date una vuelta que está todo ahí. No me despido porque es sólo una mudanza.

5.11.2011

CAMBIO




Cada vez que iba a la playa, me ponía protector para tomar sol y ni bien reclinaba la reposera aparecía mi sombra y lo tapaba, y me dejaba muerta de frío y blanca. Tiritando, me vestía rápido porque empezaba a llover. Corría a buscar un paraguas pero ya me había empapado hasta los huesos.
Mil veces pasó lo mismo.
Fui a devolver la sombra porque ya no la aguantaba más. Empecé a elegir en el perchero entre las colgadas, había oscuras y claras. ¿En qué la puedo ayudar? Quiero cambiar mi sombra, la que más me gusta es la transparente.
Me dijeron que no aceptaban las usadas. Y ¿Cuál es el problema de la que tiene? ¡Es que se la pasa lloviendo!
No sabía nada de negocios ese hombre, porque dijo que me quedara con la propia y que después de llover un montón, seguro que iba a salir un solazo. Está loco, voy a seguir buscando donde cambiarla. No pienso soportar ni una gota más